19 febrero, 2010

¿Qué pasó en Copenhague?

La nieve que recubría el Bella Center, y que fue la característica de Copenhague durante las dos semanas que se realizó la 15ava Conferencia de las Pares, no fue suficiente para enfriar lo candente de las polémicas que ocurrían dentro del centro de convenciones.
Al final del evento, los dedos apuntaron a Estados Unidos, al mejor estilo “huele a azufre”, desde que se supo que la COP 15 había terminado más cerca del fracaso que de un acuerdo. Sin embargo ahora se sabe que quienes estuvieron desde un principio poniendo piedras en el camino fueron los chinos. Primero, a través del G-77, grupo de países en desarrollo al que pertenece Bolivia y al que también pertenece China, que pese a ser el país más contaminante del mundo sigue apareciendo en la lista de los países en desarrollo. En este grupo los países africanos detuvieron el proceso de Copenhague durante tres días, aduciendo su inconformidad a la forma en que se estaba conduciendo, y China apoyó esas protestas.
Luego les tocó el turno a Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Cuba y Sudán, que bloquearon el plenario durante 10 horas, en su oposición al convenio que se estaba gestando, si bien no había nada claro todavía. China también apoyó esta moción.
La cumbre ya había trastabillado la primera semana cuando se filtró un acuerdo que trabajaba el gobierno danés (recuadro 1), y que en ese momento fue tomado como un perjuicio, por el que también China protestó indignada.
A medida que pasaban los días, aunque aumentaba el frío en Dinamarca, ya adentro todos asumieron que dos semanas eran muy poco tiempo para tratar que 192 países se pongan de acuerdo, tal y como dictan las reglas de consenso unánime de las Naciones Unidas. Y encima en semejante tema, para la mayoría esencialmente económico y donde existen claras diferencias en los intereses y en el poder de negociación, así que se afilaron las estrategias y se caldeó el ambiente. Era frecuente ver gritando en los pasillos a bien trajeados negociadores, que luego dormían en los sillones de la enorme sala de delegados, exhaustos por la tensión.
Ese viernes 18 de diciembre, en el que el presidente Barak Obama dio su discurso anunciando el convenio que se había logrado entre cinco países, China, India, Brasil, Sudáfrica y Estados Unidos, fue de pesadilla no sólo para delegados y negociadores, sino para los periodistas que finalmente cayeron en otra trampa de las muchas que hubo durante las dos semanas del evento entre sesiones fantasma, negociaciones inconclusas y comunicados en los que se debía leer entre líneas.
Ese viernes, la gran mayoría de los periodistas acudieron al llamado en un salón donde se aseguraba que Obama daría su discurso final, pero lo que sucedió es que, mientras decenas de colegas se apretujaban en esa sala de prensa, los que viajaron con el Presidente estadounidense esperaban cómodamente en otro cuarto a Obama, que al final habló sólo para esos periodistas. Este fiasco dedicado a la prensa, fue la gota que rebalsó el vaso de dos semanas de trabajo intenso de todos quienes estuvimos en el Bella Centre, donde mientras unos apuntaban hacia un objetivo, otros, definitivamente, lo hacían a otro.
Los comunicados de las agencias y los titulares mostraban el enojo de los engañados periodistas y hacían eco del disgusto de la mayoría de los asistentes a la COP15, cualquiera haya sido su condición.

Esperanza rota
En los últimos días de la Cumbre, el lema Hopenhage (Hope= esperanza), empezó a quebrantarse, y una ciudad dispuesta a recibir en grande un gran acuerdo, quedó a la expectativa. La marcha relativamente pacífica que realizaron más de 100 mil personas el sábado 12 de diciembre, dejó paso a amagos de toma del Bella Centre, donde la brutalidad de la Policía fue evidente. Las imágenes pudieron captar cómo los manifestantes eran golpeados fuertemente, y por la sola sospecha, muchos pasaron horas sentados en el suelo, con temperaturas bajo cero.
Mientras tanto, en el interior del centro de convenciones, el ambiente ardía. Tres mil periodistas de todos los países del mundo, reportaban las noticias diarias, muchas de ellas ambigüedades que no terminaban de ser confirmadas, pero que tampoco dejaban de ser importantes. Y es que las reuniones en los pasillos fueron vitales para llegar a este acuerdo, aunque muchos negociadores se quejaron de que los chinos no asistieron a varias de estas sesiones.
En realidad esas dos semanas se tradujeron, según el primer ministro danés Lars Loekke Rasmussen, anfitrión de la cumbre, en 24 horas para trabajar un acuerdo que no pudo articularse en dos semanas. Y que también tuvo fallas en el procedimiento por parte del Gobierno danés: En su prisa por llegar a un acuerdo que deje bien plantado su sistema político, se quisieron dejar fuera de discusión algunos tópicos que se daban por hecho, lo que derivó en las protestas continuas de los países en desarrollo que querían que se negocie todo sobre la mesa. Las sesiones del plenario suspendidas se hicieron rutina.

Revelaciones
Sin duda, entre las revelaciones de esta cumbre, está el nuevo condominio ejercido por Estados Unidos y China. Los países LDC (Menos desarrollados, por sus siglas en inglés), se quejaron de ser forzados por China e India, como ya sucedió antes para tomar algunas decisiones, pero como parte del G77, necesitaban de China e India para llamar la atención. En un momento se vio a China como el paladín de los países en desarrollo, pero pronto se supo que jugaba por su cuenta.
La periodista Jessica Cheam, del The Straits Time, estuvo en la habitación en la que se desarrolló la negociación final. Desde ya no estaba el primer ministro Wen Jinbao, sino un reemplazante. Esa fue considerada una cachetada diplomática para Obama y sus colegas. “Yo vi a Obama tratando desesperadamente de negociar y al delegado chino decir simplemente ‘no’. También vi que Sudán se convirtió en una marioneta de China, como los otros países que la utilizaron para hacerse escuchar. Había en el cuarto jefes de Estado de dos docenas de países, reunidos a puerta cerrada. Obama estuvo en la mesa de negociación por varias horas, sentado entre Gordon Brown, primer ministro británico y el primer ministro de Etiopía, Meles Zenawi. El primer ministro danés Lars Loekke Rasmussen encabezaba la mesa, y a su derecha estaba sentado el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon. Unas 50 personas más estaban en la habitación, yo estaba en una de las delegaciones. Lo que vi fue muy impactante. El premier chino, Wen Jinbao, no atendió las negociaciones personalmente, en su lugar envió a un delegado que se sentó precisamente frente a Obama. Varias veces, los más importantes jefes de Estado del mundo, tuvieron que esperar porque el delegado salía de la habitación para hablar con sus superiores. Fue China la que insistió en que las reducciones de emisiones de carbono por parte de los países industrializados, que ya estaban acordadas a 80% para el 2050, se sacaran del acuerdo. La estrategia era simple: si se acordaban esos recortes, en un futuro cercano, China también tendría que cumplirlos.
‘¿Por qué no podemos ni mencionar nuestras reducciones?’, espetaba furiosa la canciller alemana Angela Merkel, ya que la Unión Europea, adscrita al Protocolo de Kyoto, sí tiene obligaciones al respecto. El primer ministro de Australia, Kevin Rudd, frustrado, llegó a golpear el micrófono. Brasil se enfrentó a China arguyendo que era necesario que los países industrializados tuvieran una reducción de emisiones unilateral. Pero China dijo que no”.

No, en chino
¿Por qué China dijo que no y quiénes se beneficiaron con esto? Los números hablan por sí solos. El lenguaje ambiguo es notorio en el acuerdo. Una fecha determinada para empezar el recorte de emisiones para 2020, esencial para restringir la temperatura a 2 grados centígrados, fue reemplazada por un “lo antes posible”. También se descartó la obligación de un recorte del 80% para los países industrializados hasta 2050, y solamente India y Arabia Saudí aplaudieron esto, justamente porque el primero tiene un rápido crecimiento, pero no tiene que cumplir ninguna meta y porque el segundo basa su economía en los combustibles fósiles, así como lo hace Venezuela.
China no necesitaba de un acuerdo emergente de Copenhague, y esta fue una de sus mayores fortalezas al momento de negociar porque sabía que sus colegas de la Unión Europea y Estados Unidos sí estaban desesperados por un acuerdo. Quizá incluso Barak Obama fue el que más lo necesitaba.
Por primera vez Estados Unidos había puesto cifras sobre la mesa, había confirmado su participación en el Fondo para los países en desarrollo y hablaba de reducciones. Era evidente que estaba dispuesto a aumentar su oferta. Obama necesitaba además demostrarle al Senado estadounidense, que su política de industria amigable con el medio ambiente, no se vería amenazada por la creciente industria de carbón en China. Con elecciones encima, Obama sabía que la mejor forma de hacer propaganda a su política interna era con un acuerdo consistente en Copenhague.
Chinos e indios aprovecharon además las intensas campañas contra los países desarrollados que hicieron los activistas, ninguna dirigida a las políticas ambientales de los países en desarrollo.
Finalmente el acuerdo se selló con el delegado chino pidiendo que se remueva el objetivo que demandaban los países insulares para no desaparecer del mapa: un aumento máximo de temperatura de 1,5 grados centígrados. “¿Cómo puede pedirle a mi país que se extinga?”, le increpó al delegado chino el presidente de las islas Maldivas. Pero China volvió a decir que no.
China jugó su propio juego, y bajo sus reglas lo ganó. Su industria verde se está fortaleciendo, pero su mayor fuente sigue siendo el carbón. Finalmente tampoco aceptó que sus emisiones sean reguladas como las de los demás, y dejó claro que emitiría informes que no “atenten contra la soberanía nacional”.

Los demás
Bolivia fue uno de los países que en un principio dejó escuchar su voz, pero que luego se perdió en los discursos. Hubo un incidente incluso en el que Venezuela, Nicaragua, Cuba y Bolivia obstaculizaron el acuerdo aún sobre los intereses de los pequeños países insulares que pedían se apruebe. “La representante de Bolivia cuya capital está a 3.000 metros de altura (sic), llegó a decir que lo hacía por el futuro de las pequeñas islas, que sí aceptaban el acuerdo como única opción. El presidente de Maldivas, Mohamed Nasheed, presente hasta el final de la cumbre, les imploró que dejaran de bloquear el acuerdo, ya que con su postura, el llamado bloque bolivariano y Sudán, impedían la puesta en marcha del fondo de arranque de 10.000 millones de dólares al año a partir de 2020 para los países en desarrollo”, cita el periódico El País.
La postura de la deuda climática ecológica que esgrime Bolivia, no tiene un perfil sólido todavía. De acuerdo a una entrevista con el embajador Pablo Solón, económicamente esa deuda sí está calculada, “tenemos diferentes estudios de científicos que dicen cuánto hay que bajar en la atmósfera y resulta que es a menos de las 350 partes por millón. Los países desarrollados tienen que reducir emisiones por arriba del 250%, no solamente tienen que reducir totalmente lo que emiten sino que tienen que capturar carbono para que los países en desarrollo puedan tener espacio. Y en términos de lo que es la deuda, tenemos diferentes estudios e informes, que dicen que esta deuda debería estar en el rango del 5 a 6% del PIB para empezar, porque si se pone más grave puede ser más”, dijo Solón, sin embargo no se tienen cifras concretas ni cómo ni cuándo se realizarían los pagos, por lo tanto sobre la mesa no se consideró en serio esta propuesta.
Sin embargo todos se sorprendieron cuando China se negó a que se incluyera en el acuerdo la reducción obligatoria de emisiones para el 2050. Incluso los que hasta ese momento habían apoyado las mociones chinas.
El mejor termómetro para medir cuánto se avanzó en estas negociaciones son los parabienes de Pekín, que se congratuló por los “resultados positivos y significativos” y que si bien cedió ante la presión de Estados Unidos de transparentar sus índices de emisiones, lo hará bajo un sistema “que no interfiera en la soberanía nacional”.
Para el resto, aunque traten de esbozar actitudes positivas, Copenhaguen fue más un fracaso que un logro que nos costará muy caro, de acuerdo al director de la Agencia Internacional de Energía (AIE). 500.000 millones de dólares al año se necesitarán en inversiones adicionales para recuperar el tiempo perdido y volver a la trayectoria inicial de reducción de emisiones.

Límites
Ahora, hasta el 1 de febrero de 2010, los países desarrollados deberán anunciar en qué porcentaje reducirán sus emisiones para 2020, pero no se fija un año en el que las emisiones deban llegar a su punto más alto para iniciar su descenso. Esto era vital en el acuerdo.
El documento, si bien reconoce que para evitar consecuencias catastróficas, el aumento de temperatura no tiene que sobrepasar los 2 grados centígrados (lo que hecha por el suelo las expectativas de los países insulares y otros países vulnerables que fijaban la meta en 1,5 grados) no plantea este límite como un objetivo formal ni tampoco cómo será alcanzado.
Promete aportar 30.0000 millones de dólares durante los próximos tres años para ayudar a los países en desarrollo, pero no está claro de dónde provendrá el dinero, ni quiénes serán los beneficiados. El texto indica que se destinará a los países vulnerables, y que los países que se opusieron a un acuerdo, podrían no recibir dinero, como es el caso de Bolivia y Venezuela.
Existe el compromiso de que se haga un escrutinio estricto al recorte de las emisiones de los países desarrollados, pero se habla de otro sistema de control para los países en desarrollo, como sigue siendo considerado China.
En cuanto a temas como la deforestación, en el acuerdo se establece un financiamiento considerable para evitarla y el establecimiento inmediato de mecanismos como REDD (Reducción de emisiones por deforestación y degradación). Sí se ha establecido cómo se destinará el dinero a proyectos REDD. Pero ésta es la mejor noticia, porque el acuerdo en sí no es vinculante, es decir que no es obligatorio, por lo que para los países en desarrollo, no tiene validez, aseguran analistas como Roger Harrabin, de la BBC no tiene validez.
Ante esto, hay quienes, como Naomi Klein, que piensan que era mejor no firmar nada, otros, como el primer ministro danés aseguran que es mejor algo y que es el primer paso de un largo camino. Como sea, lo cierto es que los resultados de la COP15, luego de las hábiles estrategias de los chinos dejaron a los que fuimos a Copenhague más helados que las tormentas de nieve.

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