26 enero, 2009

Ekeko, el galán de los Andes


Idolo. Pocos no conocen al Ekeko, el dios de la abundancia y la fertilidad. Bonachón y sonriente, siempre está dispuesto a otorgar favores, si se le piden con devoción.


Es la más feliz de todas las deidades andinas. Con el tiempo ha cambiado su fisonomía y se ha convertido en un ídolo sobre todo de ciudad cuando antes lo era del campo, pero no ha dejado de sonreír. También es el más mimado; reparte su fama entre casi todos los países de la región, aunque en ninguna parte sea tan venerado como en La Paz. Y siendo también de los más antiguos, con una edad que suma cientos de siglos, se ha modernizado al punto de estar a tono con lo último en computadoras, celulares y hasta juegos de video. Sin ninguna duda, es todo un personaje.
Bien vestido y bien cargado llega todos los 24 de enero el Ekeko, dios de la abundancia, para satisfacer las creencias de miles de bolivianos que confían en él para lograr fortuna y no ahorran en codazos y empujones para que ese 24, al mediodía en punto, la figura de su Ekeko sea bendecida en alguna iglesia cercana, tal y como manda la tradición.

Idolo de multitudes
En Bolivia, ningún otro ídolo tiene tantos adeptos como el Ekeko moderno. Su fiesta se celebra en otras fechas en departamentos como Cochabamba, pero el fervor es casi el mismo. Casi, porque el Ekeko que conocemos hoy, con esa sonrisa pícara y esa pinta de mestizo blancoide bien alimentado, nació en La Paz y es considerado patrimonio “chucuta”. (Ver recuadro).
Lo cierto es que el Ekeko, además de ser dios de la abundancia y de la fertilidad, también es un maestro de la transformación. Del periodo tiwanakota, donde era representado en toscos pedazos de piedra y madera, hasta nuestros días, donde el yeso, la cerámica, la plata y el estaño son materiales comunes para fabricarlo, el pequeño diosecillo ha cambiado mucho. “Es una illa, un amuleto, pero también es un mutante, se adecua a las circunstancias, al entorno…”, dice riendo Gonzalo Iñiguez, experto en el Ekeko y protagonista del único documental acerca del diosecillo, “aunque la esencia es la misma.”, afirma.
Y es indudable que el Ekeko tiene espíritu; visitar la exposición que se realiza actualmente en el Museo Costumbrista Juan de Vargas en La Paz, es como conocer el árbol genealógico del peculiar ídolo. Y aún la piedra tosca que lo representaba en la era tiwanakota, lo muestra como un dios de lo más agradable. Todas las figuras están felices y sonrientes, con un humor que contradice lo adusto de la mayoría de los paceños.
Relacionado en la mitología andina con Thunupa, dios del fuego, el rayo y los volcanes, los historiadores Arturo Posnansky y Carlos Ponce Sanjinés fueron los primeros en asegurar que las estatuillas de un ser jorobado, encontradas en Tiwanaku, correspondían al Ekeko. Según estos investigadores, el origen del Ekeko se remonta al periodo clásico de la Cultura Tiwanaku entre los años 200 aC a 700 dC. En 1942, campesinos habitantes de la zona del Titicaca, sacaron del lago varias estatuillas de este dios jorobado, muchas de las cuales llevaban un pututu en la mano y correspondían a esta era.
Es en el Incario en que el Ekeko empieza a aparecer con el pene erecto, simbolizando la fertilidad. El investigador Rigoberto Paredes explica que la fiesta del Ekeko se celebraba en ese entonces durante el solsticio de verano, “le ofrecían los agricultores algunos frutos extraños de sus cosechas, los artesanos cerámica, tejidos y pequeñas figuras de barro y plomo. El que nada podía dar de lo suyo adquiría esos objetos con piedrecitas que recogían del campo y que tenían alguna particularidad. Nadie podía negarse a recibirlas si no quería incurrir en el enojo del dios.” Cabe notar que las miniaturas son una constante en la cultura andina y están relacionadas con la abundancia, la fertilidad, conllevando un fuerte significado simbólico ritual.
La llegada de los españoles, y su afán de destruir idolatrías, obliga a los indígenas a ocultar sus deidades, sin embargo el Ekeko sobrevive a este asedio (ver recuadro) e incluso adquiere los rasgos de los invasores; es así que en 1783 apareció por primera vez el Ekeko con rasgos españoles, gordito y bonachón y más recatado que el Ekeko inca.
En 1883, se tornó rubio e incluso fue minero. En 1900 se le añadió un baúl de cuero, una botella y un vaso de plata. Durante la revolución de 1952, se le cambia el traje y el sombrero, por un poncho y un lluchu, e incluso se le añade un fusil, pero es recién en 1970 que su tez se vuelve más morena y comienza a cargar, además de víveres, billetes y hasta pasaportes.
Hoy en día el Ekeko carga de todo, desde computadoras hasta barcos trasatlánticos, y aunque no complazca todos los deseos, se nota que asume con gusto el peso de la responsabilidad.

Ekeko galante
Pero una de las bondades del Ekeko que han caído un poco en el olvido, son sus facultades de casamentero. De acuerdo al escritor Antonio Paredes Candia, en su libro “Tradiciones paceñas”, el Ekeko ha sido siempre el idolillo preferido por las mujeres, que le atribuyen el poder de darles pareja o algún bien terrenal. “Es considerado por los jóvenes como el dios propicio para las uniones sexuales y las muchachas lo llevaban en el cuello o como adorno en el cabello para que les sirviera de amuleto contra la desdicha o las infidelidades de sus amantes.”
El Ekeko de Gonzalo Iñiguez llega a la sesión fotográfica acompañado de dos simpáticas cholitas de yeso: “Mi Ekeko es cholero”, explica Iñiguez.
Siendo el dios del hogar y la fertilidad, el Ekeko debe estar siempre acompañado. La mujer que lo acompaña representa a la Pachamama, y en el pasado la elegida era una negrita de yeso. “Efectivamente hay relación con esto de la pareja y las peleas, es para no estar solo o sola que se pone en pareja al Ekeko”, explica Iñiguez.
Otra cosa que no puede faltarle al Ekeko, es su cigarro, sobre todo los viernes. Fumador empedernido, no siente ningún malestar por el tabaco y prefiere los cigarros negros. Con la boca sonriente manchada de alquitrán, el Ekeko puede fumar un cigarrillo tras otro y en esto se parece a su pariente lejano, el Tío de la mina, también relacionado con el dios Tunupa, amo del fuego.

Las Alasitas que fueron
Pero lo que fue una fiesta en principio dedicada a la Virgen Nuestra Señora de La Paz, donde el Ekeko compartía honores, donde se vendían sobre todo las miniaturas y algunas delicias gastronómicas típicas de la región, que duraba sólo ocho días y ocupaba lugares concretos de la ciudad, primero la plaza Murillo, luego el paseo del Prado, después la plaza San Pedro, el local de la antigua Aduana, hoy la Terminal de buses, la calle Tejada Soriano y finalmente el antiguo Parque de los Monos, actualmente se ha desvirtuado completamente y se ha convertido en un inmenso mercado donde apenas puede recordarse el motivo de la fiesta, el mismo que se extiende abusivamente cada vez por más calles de la ciudad, sin un control adecuado de la Alcaldía.
Hoy por hoy en las Alasitas no sólo se venden algunas miniaturas alusivas a la fiesta, también pueden comprarse artículos variados de plástico, zapatos, ropa interior, celulares… “La feria de las Alasitas es un desastre, una afrenta al Ekeko, a la esencia de la fiesta. Lo que se hace ahora está totalmente tergiversado. Los que realmente creen, veneran al Ekeko el 24 de enero al mediodía. Lo de la feria es comercial y político, no tiene nada que ver con el Ekeko”, sostiene Iñiguez.
Pese a las evidentes afrentas a la milenaria celebración, el pequeño más grande de los Andes fuma y sonríe, asegurando su presencia en el tiempo por muchos siglos más.


Recetas para un Ekeko feliz

- El Ekeko debe estar acompañado. Las negritas de yeso han sido siempre sus compañeras preferidas, aunque también gusta de las cholitas
- Debe ser puesto en un lugar especial, por ejemplo la sala o el dormitorio.
- No se le prenden velas ni nada por el estilo, pero no puede faltarle el cigarro de los viernes.
- Debe ser regalado, no puede ser comprado.
- Tiene que estar bien vestido. Es aconsejable comprarle una prenda distinta cada año.
- Cada año, dependiendo de las necesidades, se carga al Ekeko con el objeto que se desea. ¿Quiere un celular? Cómprele uno a su Ekeko.
- El Ekeko tiene fecha y hora para otorgar favores y ser honrado: 24 de enero al mediodía. Debe hacerse bendecir por un sacerdote.

Recuadro 2

La leyenda del Ekeko
El origen de la leyenda del Ekeko, se remonta a la sublevación de los aymaras en el año 1781 contra el yugo español cuando las alturas de La Paz aparecieron ocupadas por indígenas armados, que sitiaron la ciudad.
Paulita Tintaya, era una joven indígena perteneciente al “repartimiento” de Francisco de Rojas, que había sido trasladada desde la “encomienda” de Rojas, para ser puesta al servicio de Josefa Ursula de Rojas Foronda, esposa del Brigadier Don Sebastián de Segurola, Gobernador y Comandante de armas de esta ciudad. Paulita estaba enamorada de un muchacho del mismo “repartimiento” que ella.
Como despedida, Isidro Choquehuanca, que es como se llamaba el galán, entregó como símbolo de cariño a su novia, un pequeño amuleto de yeso que había fabricado y que, según la tradición de sus congéneres, velaba por la felicidad de quienes lo poseían. Choquehuanca había reproducido en la estatuilla la figura de su amo, el “chapetón” Rojas, hombrecillo pequeño y regordete; además había procurado darle una cara risueña y bonachona. Le había dado apariencia bondadosa para que fuera benigno con ellos. Luego, siguiendo las supersticiones, le había adornado con pequeñas prendas, bolsitas con alimentos, instrumentos de labranza, en fin, todo lo que puede complementar la felicidad de un hogar.
Mucho tiempo pasó en que Paulita e Isidro esperaron que el ekhekho obrara el milagro de rehacer su idilio. Tres meses llevaba ya la ciudad absolutamente aislada. Los bodegones, las despensas y todos los sitios donde antes se vendían o guardaban los víveres estaban exhaustos.
Empero, en medio del cuadro de desolación y de angustia, existía el rincón de una pequeña vivienda en el que, por un caso inexplicable, se ocultaban provisiones que, luego de ser consumidas, eran renovadas, como por arte de magia. Tan preciosos recursos consistían en una bolsa de maíz tostado, una regular porción de "quispiñas" (especie de galleta indígena de harina de quinua), más un trozo de “charque” (carne seca) de llama tierna.
La envidiable propietaria de ese tesoro era nada menos que Paulita. La moza guardaba y consumía secretamente las provisiones que había traído del campo. Al pie de la tosca hornacina en que había colocado la figura que le diera Isidro, había escondido los alimentos. Sin propósito deliberado, la casual proximidad de los comestibles al muñeco de yeso significaba el origen común de ambas cosas.
Una noche en que Paulita se había retirado a su cuarto a descansar y en medio del insomnio famélico que sufría, recién se dio cuenta de que el muñeco tenía pequeñas bolsitas de maíz tostado, azúcar, harina y otros comestibles. Tenía las manos extendidas cuando sintió junto a su puerta una voz que muy quedamente la nombraba.
La moza se apresuró a franquear la puerta y con sorpresa recibió el csaludo de su amado. El le contó, atropelladamente que junto con todos los demás indios de las comarcas circundantes, había sido enrolado en el ejército de Apaza. El ejército sitiador estaba al tanto de los horribles padecimientos que soportaban los sitiados. Isidro se había propuesto buscar una manera de proteger a su adorada y salvarla de tal situación. Por eso, atravesando sigilosamente las líneas de los defensores, había traído esos alimentos.
Tal era el misterioso origen de las provisiones que desde aquel día nunca más faltaron en el rincón de la vivienda de Paulita. Cada noche, la muchacha tomaba una porción de esos alimentos y así se mantenía reconfortada en medio de toda una población diezmada por el hambre.
Protectora de su ama, Paulita comenzó a sentir por ella profunda lástima y no tardó en dejarse embarcar por una generosa compasión hasta dejarse llevar por sus impulsos. Luego, sin pensar más, fue corriendo a su cuarto a traer una parte de sus alimentos para compartirlos con ella.
Cuando Segurola volvió a su hogar, temeroso de encontrar el cadáver famélico de su amada esposa, halló con inmensa alegría que no solamente estaba tranquila y reconfortada sino que le fue ofrecido un plato cuidadosamente guardado en el fondo de un arcón. Desde ese día Doña Úrsula, el Brigadier y la muchacha que tan generosamente les había hecho participes jurados de su secreto, pudieron alimentarse.
Paulita, con el propósito de evitar cualquier peligro para Isidro, llevó a sus amos junto al Ekeko y les dijo que a él se debía la milagrosa e inagotable virtud de sus provisiones.
Entre tanto, el asedio se prolongaba. Ya nadie tenía esperanzas de subsistir, cuando llegó a la ciudad la noticia de la aproximación de un poderoso ejército dirigido por el Comandante General Don José Reseguín. En efecto, al amanecer del día 17 de octubre, los soldados de Reseguín entraron en la ciudad entre frenéticos clamores de júbilo.
El Brigadier Segurola no podía alejar de sus mente al pequeño fetiche indígena con cuyo favor, él y su esposa habían podido sobrevivir. Por ello dictó una serie de ordenanzas para que de allí en adelante la feria que hasta entonces se celebraba el 20 de Octubre, aniversario de la fundación de la ciudad, se trasladara al 24 de enero, como homenaje de gratitud a Nuestra Señora de La Paz. Ordenó además que en dicha feria tuviera preferencia la venta o trueque del Ekeko, el fetiche indígena modernizado según el modelo que el mismo Gobernador exhibió y que no era otro que el que obtuvo Paulita.
El otro acontecimiento, menos ruidoso, fue el matrimonio de Paulita con Isidro, apadrinado por el Brigadier y su esposa. Junto al pastel de boda estaba, sobre un adecuado pedestal de confituras, el ekhekho, cuya sonrisa parecía más placentera que nunca. (Con datos de www.senderoalternativo.com)

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