03 diciembre, 2008

Un tour por la muerte para celebrar la vida




Crónica. La visita al Templo de las Huellas de Buda, en Tailandia, cambia la vida de los turistas. Creado alrededor del VIH/sida, en él la muerte está presente para recordar lo corta que es esta vida y lo mucho que hay que agradecerla.

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Son las 10 de la mañana y el monje budista Alongkot Dikkapanyo, llamado por sus seguidores Cho Khun Phra Udom Prachatorn, espera paciente al grupo de periodistas internacionales que hemos llegado para conocer uno de los emprendimientos más polémicos que se han hecho hasta ahora en Tailandia, relacionados con la enfermedad del VIH/sida. Sentado en su peculiar oficina, envuelto en una túnica naranja, el monje está rodeado por doradas figuras de Buda de todo tamaño. A un costado, un televisor que pasa el programa de farándula de la mañana, un celular y un microondas recuerdan que el hombre, pese a las reverencias y la adoración de sus fieles, es tan humano como cualquiera. Dikkapanyo es el fundador del “Templo de las huellas de Buda” o Wat Phra Baht Nam, creado hace 20 años para acoger a las personas afectadas por el VIH/sida y ubicado en la provincia de Lopburi, a tres horas de la capital Bangkok.
Luego de las inclinaciones de rigor y de acomodarnos en el piso con las piernas cruzadas evitando que las plantas de los pies apunten ya sea al monje o al altar que tiene a su derecha (como manda la cortesía tailandesa), comienza la rueda de prensa, acompañada por un traductor que resume las palabras del monje en un rudimentario inglés.
No todos sabemos que este paso podría haberse evitado porque Dikkapanyo ha estudiado ingeniería en Australia y habla mejor inglés que muchos de los que estamos ahí, pero inexplicablemente prefiere encargar la tarea de que sus palabras se traduzcan, aunque esto alargue más la audiencia.
Dice que el templo-hospicio fue creado cuando Dikkapanyo por primera vez acogió a un hombre que había desarrollado sida y que era rechazado por sus padres. A partir de este primer caso, el templo fue haciéndose conocido y poco a poco comenzaron a llegar los enfermos, muchos de los cuales eran traídos por sus familias y abandonados en el lugar.
Antes de la implementación del tratamiento antirretroviral, por lo menos 100 pacientes morían allí mensualmente. Ahora, gracias a las medicinas, el número se ha reducido notablemente, aunque las muertes, aproximadamente 15 al mes, siguen siendo una constante.
Los enfermos no reciben tratamiento en el templo, ya que éste es proporcionado y monitoreado directamente por los hospitales públicos, así que deben trasladarse una vez al mes hasta el hospital de la provincia donde reciben su ración de pastillas.
En el templo un solo médico atiende a las 200 personas adultas infectadas con VIH en sus diferentes grados y a los más de 1.000 niños entre huérfanos por el VIH, niños pobres de la región y pequeños infectados. Es camboyano y no tiene licencia para ejercer en Tailandia. Tampoco habla bien el tailandés y prefiere mantener su nombre en reserva. Su sueldo es pagado por la Fundación Clinton y por Maryknoll y trabaja en el lugar desde hace un año. Tiene la ayuda de algunas enfermeras y voluntarios, y explica que se decidió a emprender esta lucha contra la muerte ante la ignorancia de sus propios colegas respecto a la enfermedad. Extrañamente, según dice, ningún médico tailandés quiere trabajar en el lugar.

Haciendo cuentas
El templo ha ido creciendo gracias a las donaciones de algunas organizaciones y los aportes de los turistas que realizan el controversial tour por el lugar. El manejo de las cuentas es estrictamente confidencial, y muchos se preguntan a dónde va a parar realmente el dinero que se recauda con la llegada de los más de 2.000 visitantes que se tiene al año, además de los otros aportes. Es difícil saberlo y Dikkapanyo tampoco está dispuesto a aclararlo; explica que el lugar tiene capacidad para 100 camas y quiere ampliarlo para 100 más. El monje dice que el templo no pide ayuda financiera directamente sino que ésta debe llegar por la buena voluntad de la gente. Hace cuentas y calcula que hasta el momento 4 millones de personas ya han visitado el lugar y dejado sus aportes.
Con estas donaciones el templo se ha ampliado y ahora ocupa una extensión de 1.000 hectáreas aproximadamente, convirtiéndose en un emporio dividido en dos partes, una dedicada a las personas con VIH y la otra que acoge a más de mil niños, muchos de ellos infectados con el virus.
Tailandia es uno de los países asiáticos más afectados por el VIH/sida, aunque los índices de infección hayan bajado considerablemente. Por lo menos un millón de tailandeses se han infectado desde que se reportara el primer caso en 1984 y más de 400.000 han muerto. Ante esta realidad y por los altos costos de los medicamentos antiretrovirales (ART) que llegaban de EEUU, el gobierno de Tailandia decidió dictar la emergencia de salud y comenzar a fabricar sus propios medicamentos, librando una batalla titánica con las multinacionales farmacéuticas. Ahora el acceso al tratamiento médico para las personas con VIH/sida es gratuito y uno de los más completos del mundo. Pero la enfermedad está muy lejos de ser controlada y se expande sobre todo entre los usuarios de drogas inyectables, los trabajadores sexuales masculinos y los adolescentes.

Huesos, cenizas y cuerpos
En el templo no hay forma de escaparse de esta realidad: El VIH es un protagonista central en el lugar. Al ingreso, luego de pasar por un colorido campo de girasoles, lo primero que se ve son las casitas individuales que se otorgan a las personas infectadas con el virus pero que pueden cuidarse a sí mismas y ser regulares en la toma de los medicamentos. Grandes letreros con los símbolos del VIH y del sida se ubican a los costados de la vereda donde frondosos árboles dan sombra. Al frente de las casas, un taller de esculturas es lo primero en llamar la atención de los visitantes cuando se lee que todas ellas han sido creadas con resina de huesos de pacientes muertos por alguna enfermedad relacionada con el sida. Son varias docenas de figuras grises, la mayoría con formas humanas, las que se exhiben en este peculiar escenario. Un poco más allá, cientos de gradas alfombradas de rojo y flanqueadas por enormes figuras doradas, son la antesala de lo que será otro altar para Buda, cuya construcción está valuada en varios miles de dólares.
Siguiendo a lo largo, y conducidos por una de las guías voluntarias del lugar, una joven de 24 años llamada Sawayon, llegamos al Museo de la Vida, abierto a los visitantes que contemplan pasmados las momias que están en él. Son cuerpos de pacientes muertos por el sida, cada uno con una leyenda que explica quién fue en vida, qué hizo y cómo se infectó. Hay mujeres y hombres de distintas edades y oficios, algunos usuarios de drogas, otros trabajadores sexuales, muchas amas de casa infectadas por sus maridos… Un grupo de personas con VIH se encarga de barrer el lugar y desempolvar, sonríen a todos los visitantes y se muestran contentos, mientras los turistas, con un nudo en la garganta, tratan de digerir la impresión de lo que han visto, aunque todavía falta más.
La guía conduce al grupo entre las casitas donde los pacientes lavan ropa, están sentados al sol, o conversan entre ellos; algunos sonríen, otros no. Para muchos estas visitas son desagradables, pero no tienen opción y se resignan a ser exhibidos.
Más adelante, en un enorme altar abierto, un Buda de piedra negra está sentado sobre cientos de sacos de tela blanca con inscripciones en tailandés: son cenizas de otros muertos, que han sido cremados y que no fueron recogidos por sus parientes. Cada saco tiene nombre, fecha de nacimiento y día de la muerte. Detrás del Buda, en estantes, otras cientos de pequeñas cajas también contienen cenizas. Una inmensa flor de loto de colores, esculpida en el piso, le da un poco de luz al lugar.

Un hombre fuerte
Luego de atravesar algunos senderos, llegamos a la puerta de una sala médica, ubicada en la primera planta, que forma parte de un edificio de cuatro pisos donde los enfermos han sido divididos por grupos: los menos graves en el cuarto piso, los graves en el tercero, en el segundo se ubica el consultorio médico, y en el primero los pacientes terminales que simplemente esperan la muerte. La guía explica que si alguien quiere sacar una foto, debe pedir permiso antes.
Sin saber lo que nos espera, los periodistas ingresamos a la sala, de la que un momento antes ha salido un grupo de espantados turistas chinos. Varias camas se acomodan en el espacio, no lo suficientemente grande para darles toda la comodidad a los enfermos. La mayoría están ocupadas por pacientes que agonizan y todas tienen la imagen del Rey Bhumibol Adulyadej “Rama IX” en la cabecera. Muchos de los enfermos tienen pañales, otros están sujetos a sueros, algunos se quejan, otros están callados. Hay varios que se sientan en las camas para ver a los visitantes, otros nos miran, pero no nos ven, algunos se tapan la cara con las frazadas. Pese al calor de afuera, en este recinto se siente frío y casi todos estamos temblando. Al fondo, en un cuarto más pequeño, aunque dentro del mismo recinto, cinco pacientes con sida y tuberculosis están aislados, pero pueden adivinarse sus esqueléticos cuerpos a través de una ventana.
Más de una docena de enfermos ocupan esta sala de la muerte, visita obligada del singular tour, donde el ácido olor a medicamentos y enfermedad se mezclan en el ambiente, apretando aún más los sentidos de los visitantes.
Uno de los pacientes accede a contarnos su historia, se llama Kempkei y tiene 36 años. Está tan delgado que la piel se pega a sus huesos, ha perdido todo el cabello y casi todos los dientes, una gruesa cadena de plata rodea su cuello, el único recuerdo de su padre, y sufre una enfermedad llamada vitíligo que le mancha la piel, pero sus ojos oscuros brillan con una luz intensa ajena a la fiebre.
Fue dejado por su madre en el templo y nunca más la volvió a ver. Se enteró hace dos años que tenía el virus y en cuatro meses éste se desarrolló devastadoramente. El hombre cuenta que trabajaba como cargador en el mercado y que utilizó drogas inyectables cuando era muy joven, pero que dejó la adicción hace más de 10 años.
Su nombre significa Fuerte y explica que fueron los amigos de su padre, quien trabajaba en el coliseo nacional de boxeo, los que lo bautizaron. Hace una mueca, vestigio de sonrisa, cuando recalca la ironía de su destino. No sabe exactamente cuántas pastillas toma al día, tampoco qué es lo que le duele, porque dice que le duele todo, pero afirma que no le teme a la muerte, sino que la espera; sólo le tiene miedo a que aumente el dolor y al no poder dormir en las noches.
Le pido permiso para sacarle una foto y él accede. Incluso trata de sonreírme y se disculpa por estar en pijamas. Nos dice que en un principio no le gustaban los tours y que sentía vergüenza por su condición, pero que ahora la ha aceptado y piensa que la gente, conociéndolo, tal vez pueda ser sensible ante la enfermedad.
Nos despedimos con el saludo wai (en el que se juntan las manos a la altura de la frente, en señal de respeto), y él nos dice que nos veremos en el otro mundo, porque sabe que su karma ya ha acabado y que, de cierta forma, podrá descansar. En absoluto silencio abandonamos la sala, nadie pronuncia ni una palabra y algunos se secan las lágrimas: Hemos visto de frente la cara de la muerte.

La controversia
Para algunos, como el ex voluntario belga Paul Yves Wery, quien escribió un libro sobre el lugar tildándolo de inhumano, insano y mal manejado, el templo se aprovecha del dolor y el sufrimiento de las personas infectadas para llenar sus arcas y no respeta los derechos humanos y la privacidad que exigiría cualquier enfermo.
Para otros, el lugar está hecho para sensibilizar a los visitantes respecto a esta enfermedad, que no es ajena para nadie, y para mostrar que la muerte es el nacimiento a una nueva vida. También sirve como refugio a quienes se sienten discriminados o son abandonados por sus propias familias a causa del VIH/sida.
Con el avance de los tratamientos antiretrovirales y los cuidados apropiados, el VIH puede convertirse en una enfermedad crónica que ya no es necesariamente sinónimo de muerte. Los pacientes ya no mueren tanto como antes y esto cambiará tarde o temprano el significado con el que fue creado el templo que ha visto aumentar sus costos en pacientes y niños que deben ser alimentados y vestidos. Pero el monje no parece estar preocupado, y sus planes de expansión así lo confirman. Mientras tanto el lugar sigue recibiendo diariamente a los visitantes que se van con afiches con la foto de Dikkapanyo y el corazón en un puño.
En la puerta algunos pacientes despiden a los turistas agitando las manos y sonriendo. Los que nos vamos tratamos de imitarlos, pero pasará mucho tiempo hasta que podamos sonreír de nuevo. Los girasoles han perdido su color.