22 octubre, 2008

Colombia y su “locura” verde

Desde que uno llega al aeropuerto de la caribeña Santa Marta (en el departamento del caribe colombiano, Magdalena) no puede dejar de admirarse. ¡Estamos en la tierra de Gabriel García Márquez y quizá pasemos por algunos de los lugares que inspiraron sus Cien años de soledad! Es el sueño cumplido de cualquier periodista latino, pero todavía hay más. Luego de un cálido recibimiento en el aeropuerto, que confirma la amabilidad de la gente colombiana siempre presta a la sonrisa, enfilamos rumbo al Parque Natural Tayrona, considerado uno de los más hermosos del mundo y ubicado a una hora, por carretera asfaltada, de la ciudad de Santa Marta. Ninguno de los periodistas extranjeros que seleccionados para este curso, imaginamos lo que nos espera.
El camino no es fácil, circulan por él varios camiones a gran velocidad que compiten entre ellos para adelantarse, pero la ruta está bien conservada, así que el viaje casi no se siente. Más allá de los nervios por la oscuridad y lo enrevesado de la carretera. Es de noche cuando llegamos al Parque y lo primero que llama la atención es que el camino que conduce hasta él, ya fuera de la carretera central, está en gran parte pavimentado, se recorren cinco kilómetros desde que se ingresa por la puerta principal hasta que se llega a la recepción, donde ocupa un espacio central un moderno y ruidoso televisor que desentona, en la visión de algunos puristas ecológicos, con el marco natural.
El Parque Tayrona está ubicado al norte de la ciudad de Santa Marta (en el departamento caribeño de Magdalena), es un área megadiversa donde se reúnen cinco tipos de bosque que van desde el matorral espinoso tropical, el bosque seco, el nublado, lagunas, manglares y costas. Con 15.000 hectáreas es un ecosistema vital para la recuperación de las aves migratorias. En él se han registrado 2.594 especies de flora y fauna, de las cuales 181 están en peligro de extinción y 22 son endémicas. En el área viven varias comunidades indígenas, los wiwas, los arhuacos, los kankuamos y los koguis, que mantienen como lugares sagrados muchos territorios dentro del Parque haciéndolo aún más especial para los visitantes.
El Tayrona es uno de los cinco parques naturales en Colombia concesionados a empresarios privados que han mejorado las infraestructuras existentes y creado otras nuevas.

Un lujo de naturaleza
Los albergues en el lugar han sido construidos en desniveles, a los que se llega luego de subir varios escalones de piedra. Son hospedajes cinco estrellas, con todas las comodidades que cualquier turista exigente puede pedir: agua caliente, televisor, Internet, frigobar, incluso un aparato ultrasonido especial para repeler bichos indeseables y hasta jacuzzi. Hay 14 cabañas con una capacidad para 50 personas en total. También existen áreas especiales de camping, un auditorio totalmente equipado, una tienda, un museo, un exclusivo (y costoso) servicio de restaurante y un spa. No hay duda de que aquí se ha invertido en grande. “3.000.000 de dólares”, dice Carlos Trheebilcock, gerente del hotel.
Con una carga máxima de 1.800 personas por día, el Tayrona es uno de los destinos más visitados por el turismo interno y sobre todo por el extranjero. Se calcula que a él llegan alrededor de 25.000 personas anualmente que pagan por la entrada 4.5 $us los colombianos y 12.5 $us los extranjeros, se calcula recuperar la inversión en aproximadamente cinco años. Se han creado 100 empleos directos y 50 indirectos, beneficiando en su mayoría a pobladores de Santa Marta y comunidades aledañas como parte del convenio de concesión.

Una de cal, otra de arena
Una de las personas que trabajan en Tayrona es Gustavo Alfonso Cano (57), quien representa a la Asociación de Arrieros del Tayrona (ArriecTayrona). Junto a sus 17 compañeros y con 54 caballos, prestan servicios turísticos a los visitantes que quieren pasear de una forma diferente los senderos del Parque. “Antes era talador en Sierra Nevada, también cazaba, pero ahora, si bien no gano tanto como antes, tengo la satisfacción de saber que estoy cuidando el medio ambiente”, explica, aunque admite que no le ha sido, ni le es, una tarea fácil, “apenas ganamos el sueldo mínimo (240 $us)”.
Como Cano muchos han vivido de los recursos naturales del Parque y hay quienes todavía lo hacen, pese a los esfuerzos de los trabajadores de Parques Nacionales por evitar que se continúen explotando irreversiblemente estos tesoros. No es sencillo combinar preservación con desarrollo, y eso lo sabe Abel Orozco (52), un humilde pescador que hace 25 años vive en el Parque Tayrona y que trabaja en el mar hace 10. A diario, entre las cinco de la tarde y las siete de la mañana, Orozco se embarca en su bote “El Cholo” y pesca alrededor de 30 kilos de pargos, barracudas y róbalos que luego vende en una pescadería de Santa Marta por los que cobra alrededor de 10 dólares. ¿La gente de Parques Nacionales le ha puesto alguna restricción para la pesca?, preguntamos, “No, a veces vienen a medir el tamaño de los pescados, pero no más. Si el pescado es chico yo no lo devuelvo al mar porque es dinero perdido”, responde.
Y es que, aunque dentro de las estrategias del Ministerio de Medio Ambiente para proteger los Parques Naturales está la de incluir en actividades relacionadas con la conservación a quienes antes vivían de ellos (taladores, huaqueros o cazadores por ejemplo), lo cierto es que la presión social de quienes viven en los Parques y sus alrededores, es mucha.
“8 de las 11 áreas protegidas en el Caribe colombiano tienen actividad pesquera sin regular y en ellas también hay extracción de material biológico como los corales”, dice Natalia Arango, de The Natural Conservancy (TNC). “Hay 9 millones de habitantes en el Caribe y serios problemas de expansión agrícola, comercialización ilegal de fauna, pesca con dinamita, degradación y fragmentación de ecosistemas marinos y terrestres”, explica.
¿Qué hacen las autoridades pertinentes al respecto? “Burocracia”, identifica Arango, como una de las características sobresalientes de las regulaciones ambientales en Colombia. “Hay muchos vacíos jurídicos dentro de las leyes, por ejemplo los delitos ambientales son excarcelables. En este momento hay más de 200 procesos administrativos pero hasta ahora no se ha resuelto ninguno, no hay nadie en la cárcel por haber contravenido estas leyes.” En Colombia, la máxima multa impuesta a los infractores es de 300 salarios mínimos (72.000 $us).

Las luces
Colombia está decidida a mostrar su mejor cara, y consciente de que una de sus mayor riquezas es la biodiversidad (este país es el primero en el mundo en diversidad de aves, el segundo en plantas y anfibios y el tercero en reptiles), está trabajando para posicionarse como uno de los destinos ecoturísticos más importantes del mundo.
Bajo la marca “Colombia es pasión”, parte de la campaña Proexport financiada a partes iguales por el gobierno y los empresarios privados, de forma que se perpetúe la iniciativa, se han invertido más de 15 millones de dólares para reforzar la buena imagen de Colombia como país cultural y como tesoro natural. La importancia de preservar esta riqueza es fundamental para este país que alberga el 10% de la biodiversidad mundial.
Emilio Rodríguez, sub director de la Unidad Administrativa de Parques Nacionales de Colombia, explica que bajo esta estrategia se protege la biodiversidad además de los bienes y servicios ambientales y se preserva la cultura. “Bajo el manejo adecuado, las áreas protegidas son un sustento para la vida humana y aportan en la reducción de la pobreza además que los ecosistemas con gran biodiversidad se recuperan más fácilmente de las consecuencias del cambio climático”, explica el experto. La entidad estatal encargada del cuidado y manejo de las 54 áreas protegidas de Colombia, a través de varios de sus funcionarios, expuso ante varios periodistas extranjeros y colombianos la realidad que a ellos les toca de la biodiversidad en ese país y fue uno de los organizadores junto a la Corporación Andina de Fomento (CAF), que se unieron a la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano para organizar el Taller de Periodismo Ambiental, realizado la semana pasada en Santa Marta, Colombia.

Un coraje natural
Más allá de este aspecto negativo, sin duda importante, hay varias cosas por resaltar en el esfuerzo que hacen los colombianos por preservar sus riquezas naturales. La gente de Parques Nacionales es un ejemplo de ello. Con un presupuesto muy por debajo de sus necesidades (1.000.000 $us) cada uno de los 400 funcionarios, en teoría, debería vigilar alrededor de 38.000 hectáreas en las 54 áreas protegidas que tiene Colombia, una tarea imposible. Además deben mitigar los efectos del cambio climático, hacer ordenamiento turístico, establecer capacidad administrativa y hasta realizar campañas educativas, como la que tiene a su cargo Juliana Lozano que hace milagros con los 1.000 $us que se le asignan o las investigaciones científicas que realiza la bióloga Rebeca Frannke. Pero ninguno de estos funcionarios pierde la sonrisa, ni la voluntad. Y estas son contagiantes.
Con variedad de actividades por escoger, entre cabalgatas, senderismo, fotografía y actividades naúticas y un lugar ideal para la luna de miel de novios intrépidos, el Tayrona se constituye en una de las joyas naturales más preciadas del caribe colombiano, descrito por quienes lo conocen (y siempre quieren volver) como el lugar donde los ángeles van de vacaciones.