14 enero, 2008

Carretera de la Muerte”, de tragedia a boom turístico



Aventura | El antiguo camino a Coroico, bautizado fúnebremente como ‘Carretera de la Muerte’, se ha hecho famoso en el mundo. Basta ver la cantidad de páginas web que se han escrito sobre él. Aunque ahora ha disminuido su peligrosidad, continúa siendo un atractivo para quienes buscan adrenalina pura. Sin embargo, falta que se cumplan las regulaciones y que se controle adecuadamente este circuito explotado por decenas de agencias, algunas legales, otras no

Sólo en la calle Sagárnaga, hay más de 40 agencias de turismo que ofrecen entre sus paquetes una experiencia inolvidable a bordo de una bicicleta en la llamada ‘Carretera de la Muerte’, el antiguo camino a Coroico, reemplazado por la moderna Cotapata- Santa Bárbara, de 64 kilómetros de extensión, que une La Paz y Coroico, población ubicada 56 kilómetros al nordeste de La Paz en la región de Yungas de Bolivia.

No todas las agencias son legales, ni tampoco tienen la capacidad o el equipo necesario para atender semejante emprendimiento, pero ahí están, con sus llamativos carteles, junto a otras similares en las calles Illampu y Murillo.

A diario cientos de turistas acuden a ellas para asesorarse y emprender lo que todos afirman es una de las experiencias de 100 por ciento de adrenalina.

Hoy, con la habilitación de la nueva carretera, el antiguo camino ha pasado a ser casi de exclusivo uso para los ciclistas, aunque no se descarta la circulación vehicular. Los accidentes han disminuido, pero por sus características sigue siendo peligroso y eso se constituye en un atractivo especial para quienes buscan turismo de aventura, sobre todo para los más jóvenes, turismo que se vive entre montañas nevadas y asfalto, con vegetación abundante, angostos caminos de tierra y precipicios interminables.

Es precisamente por esos precipicios y por el estado del camino, que cientos de accidentes fatales hicieron famosa a la ruta y enlutaron a muchas familias. Tanto así, que ni la misma Policía tiene un registro exacto de cuántas vida se ha cobrado.

En 1995 el Banco Interamericano de Desarrollo la bautizó como el camino más peligroso del mundo y desde allí creció aún más su fama. “Es legendario por su peligro extremo y por el número de muertes en accidentes de tránsito al año, (un promedio de 209 accidentes y 96 personas muertas al año)”, dice de él el sitio web Wikipedia. Estas tragedias, paradójicamente, han elevado este camino casi a mito entre los turistas que llegan a La Paz. Las agencias de viaje cobran entre 30 y 50 dólares por llevarlos hasta la cumbre, proveerles los equipos, el (o los) guías y darles de comer. Algunas, las más serias y prestigiosas, incluyen la oferta de seguros de vida y aseguran el conocimiento en auxilio médico, otras no. El tramo comienza en la Cumbre y termina, por lo general, en Yolosa.

Ruta sin ley

¿Quién regula que el funcionamiento de estas agencias sea el adecuado, que las bicicletas cumplan los requisitos mecánicos para semejante exigencia, que los turistas sepan y estén en condiciones de enfrentar los peligros del camino?

El teniente coronel Juan G. Baldiviezo, director de la Unidad de Accidentes dependiente de Tránsito, admite que la Policía no tiene conocimiento de ninguna reglamentación inherente a este tema, lo cual se traduce en que, más allá de controlar que el vehículo que traslada a los turistas hasta la Cumbre esté en condiciones y tenga el SOAT respectivo y que los turistas estén identificados, la Policía no interviene en el control del buen estado de las bicicletas, por ejemplo.

“Debería existir mejor coordinación entre las autoridades de Turismo, la Superintendencia de Transportes, la Prefectura y la Policía para hacer una normativa clara al respecto. Yo desconozco que haya una norma específica para esas empresas de turismo, no sabemos si se han hecho la revisión de las bicicletas, etc.”, explica.

Para demostrar su afirmación, el uniformado realizó en nuestra presencia varias llamadas a sus colegas para preguntar si alguno tenía información respecto a las agencias y los turistas que hacen el viaje a Coroico en bicicleta, pero todas las respuestas fueron negativas.

De acuerdo a las estadísticas que maneja esta Unidad, desde la apertura de la nueva carretera, el índice de accidentes en el viejo camino se ha reducido en un 80 por ciento, aunque el sector de Sud Yungas sí continúa con serios problemas. “La falta de mantenimiento de esta carretera, la poca señalización y el clima ayudan a que sea así”, explica la autoridad. “En el sector de Sud Yungas hace muy poco 20 personas murieron y otras 150 quedaron heridas. Desde que se ha habilitado la nueva carretera los sucesos han disminuido, y en peligrosidad la parte de Sud Yungas es la que más frecuentemente registra reportes fatales”.

La falta de cifras exactas acerca de los accidentes en Yungas, sorprende. Esto se debe a que muchos hechos de tránsito, por el asiento judicial, son atendidos por Caranavi o Coroico y no todos son reportados a la División de Accidentes de la ciudad de La Paz. Es difícil establecer entonces con precisión cuántas vidas se ha cobrado este camino, construido en los años 30 por presos paraguayos de la Guerra del Chaco.

Baldiviezo deja en claro que no es ésta la verdadera ‘carretera de la muerte’, sino el tramo La Paz-Oruro, con más del 40 por ciento de accidentes registrados en el país. Pero así la venden las agencias, y al parecer les va muy bien.

Negocio redondo

Atendiendo el reclamo de falta de coordinación entre autoridades para controlar esta actividad turística, acudimos al Viceministerio de Turismo, donde el Director de la Unidad de Promoción, Luis Hurtado, adujo que no es a esta entidad a la que le corresponde el control ni la regulación de estas agencias y sus servicios, sino a la Prefectura, porque la Ley 2074 limita el papel del Viceministerio de Turismo.

Hurtado explica que la llamada “Carretera de la muerte” no se encuentra entre los atractivos promocionados en La Paz, que prioriza el triángulo Lago Titicaca-Tiwanaku-Madidi, aunque sí se tiene conocimiento de que son cientos los turistas que llegan a la ciudad exclusivamente para vencer la famosa ruta yungueña.

Esta falta de promoción se contradice con las normativas que declararon en 2004 a Coroico, (Kori Huaycu, Perdiz de Oro en aimara), como “Zona prioritaria de desarrollo turístico”, debiendo ser un destino importante a la par de Uyuni, Copacabana y Rurrenabaque.

Sin embargo, desde abril del pasado año, la primera sección municipal de la provincia Nor Yungas ha decidido tomar el toro por las astas y cobrar ella misma un peaje obligatorio a cada ciclista que quiera atravesar la ruta. El monto es de 3 dólares por turista y está destinado, según Policarpio Apaza, oficial Mayor de Cultura del municipio de Coroico, al mantenimiento del camino, a la construcción de un mirador y a baños para los turistas. Sin embargo, a razón de aproximadamente 90 ciclistas al día, y con un ingreso de casi 100.000 dólares al año, sólo en ciclismo de aventura, las autoridades de Coroico tendrán que buscar urgentemente en qué más invertir.

Una cuestión de fe

¿Qué dice mientras tanto la Prefectura? Gabriela Gómez, directora de la Unidad de Turismo, explica que no tienen un registro exacto de las agencias que acreditan autorización para hacer ciclismo de aventura en esta ruta, por lo menos no a la mano, y que tomaría tiempo revisar una a una las que pueden operar. Sin embargo en esa entidad admiten que, por falta de presupuesto, es difícil hacer cumplir la cuarta versión del reglamento para las empresas operadoras de turismo especializadas en bicicleta de montaña, que está vigente desde 1994. De acuerdo a éste, un funcionario de la Prefectura debería estar “in situ”, revisando las bicicletas, el equipo de los ciclistas, etc., pero por falta de presupuesto no es posible, así que son las propias agencias las que responden por sus servicios y por la seguridad de sus turistas.

Isabel Aliaga, gerente general de Freebikes, agencia especializada en el recorrido por la ‘Carretera de la Muerte’, admite que no existe un control bien regulado de los viajes a Coroico en bicicleta y que son las agencias las que se encargan del mantenimiento y la adecuación de los equipos, así como del entrenamiento de los guías. Esta agencia tiene un completo servicio médico en cada uno de los minibuses que operan la ruta junto a los ciclistas, incluyendo arneses, camillas, etc., por si alguno sufriera un accidente, además ofrece seguro de vida, lo que no ocurre con otras que se conforman con tener solamente el SOAT para sus vehículos.

Y es que, aunque la mayoría de turistas llegan desde sus países con seguro de vida, a veces es necesario ofrecerlo y esto debería estar también regulado. Pero no es así.

Entonces, a la peligrosidad del camino, perfecta para el turismo de aventura, se mezcla la de la falta de control y normas, las que están a cargo de las buenas intenciones de las agencias y de su seriedad. ¿Existe un turismo de más alto riesgo?

Datos del Camino

- Tiene 3.600 msnm de desnivel a lo largo de su recorrido: desde un paso interandino situado a 4.700 msnm hasta los valles subtropicales de las Yungas, donde se encuentran las poblaciones de Yolosa (1.200 msnm) y Coroico (1.500 msnm).

- Las zonas más peligrosas de Nor Yungas son: Sacramento Alto, San Juan y Sacramento Bajo. La mayor altura entre la ruta y el fondo de la pendiente puede llegar a los 600 metros.

- En esta carretera, la ley indica que el conductor que conduce “subiendo” la cuesta (en dirección a La Paz) tiene prioridad por sobre el que “baja” (en dirección a Coroico), por lo que el vehículo que desciende debe detenerse cuando sube otro, para poder darle el paso.

- Debido a sus pendientes pronunciadas, con un ancho de un sólo carril (3 metros en algunos lugares), y la falta de guardarraíles, este camino se torna extremadamente peligroso.

- Actualmente se cuenta con una carretera mucho más moderna y segura que conecta La Paz con Coroico. (Con datos de Lonely Planet, BBC)

Adrenalina, entre el paisaje y las cruces

Una docena de ciclistas decidió este martes 1 empezar el año mirando de frente a la bella, pero siempre temida Señora de la Guadaña. Esta vez, de principio, ella se muestra vestida del blanco cordillerano y con un velo de intensa neblina.

La cita empieza a 23 kilómetros de la ciudad de La Paz, a 4.643 metros sobre el nivel del mar y a 5 grados bajo cero. El guía inicia la aventura con una advertencia: “Recuerden que vamos a realizar un ejercicio de alto riesgo. En la ruta que atravesaremos, en los últimos 70 años, cerca de mil personas han muerto…”.

El responsable de las 12 vidas luego previene sobre los peligros rutinarios: “Hipotermia, mal de altura, vértigo…”. Informa que en cualquier punto del trayecto los viajeros podrán solicitar su ingreso a una de las vagonetas que acompañan al pelotón. Ninguno del subgrupo de los autoconsiderados “expertos” podrá sobrepasar en el camino al guía de avanzada. La sanción será continuar el viaje en la frustrante tibieza de un motorizado. De todas maneras no les sería fácil, los guías por lo general son laureados competidores de campeonatos de bicimontaña.

El grupo, segundos antes de partir, cobra especial colorido ante el fondo de los nevados. Montan bicicletas dotadas de frenos hidráulicos y muelles de doble suspensión, normalmente se usa las Kona o las Iron Horse, cuyos costos bordean los 2.000 dólares. Esta vez, la mayoría de los viajeros se limitó a aceptar el equipo de rigor: un chaleco fosforescente, guantes, pantalonetas impermeables y un casco que cubre hasta la nuca, tipo free style o cross country. Sin embargo alguno optó además por una pechera reforzada, rodilleras, coderas especiales y un cobertor “full face (la cara completa)” como casco. Pese a las bromas sobre su apariencia de superhéroe infantil, un tramo llamado “25” en buena medida le dará la razón dos horas más tarde.

Pasadas las 8:30, se inicia el descenso sin ningún ciclista desanimado todavía. Dos curvas de asfalto de 500, quien sabe 700 metros, se contraponen y la cumbre queda casi 200 metros arriba. Entre bolsones de neblina, el diálogo entre el pedalista y la ruta ha comenzado, también una gélida llovizna que colorea y pica la cara. Las ruedas, preparadas para piedra y tierra, aportan casi el único sonido, semejante a una cremallera. “Sin duda, el guía y el “full face- cara completa” exageran. Los mil que murieron iban en buses y camiones de otros tiempos”. Dos cruces y tres tumbas en un enésimo giro callan los pensamientos y obligan a ensayar el freno hidráulico.

Más allá del borde, los deshielos calan precipicios. La segunda frenada es mucho más amable. Resulta obligatoria. Una roca, llamada “el sapo”, permite contemplar las nieves eternas casi como en un sobrevuelo.

Al continuar la rodada, la velocidad y la confianza aumentan. Aparece el célebre túnel San Rafael que cruza las montañas hacia el trópico. Los ciclistas deben desviarse a la derecha de la gran boca oscura. Cinco minutos más de asfalto y algunos descubren que confiarse fue un error. Un paso casi cerrado por grandes piedras y taludes atrapa frecuentemente remolinos. Allí más de un pedalista perdió el equilibrio. Se cuentan varios casos de huesos rotos. Ha pasado más de una hora de descenso.

Trescientos metros después llegan casi sucesivamente el retén policial antidrogas de La Rinconada, el poblado de Unduavi y el final del asfalto. La vegetación arrasada en las quebradas por caudalosas aguas cristalinas ya es abundante, la agitan ráfagas de aire helado. El pelotón se reagrupa e ingresa al empalme con el tramo de tierra. Ése que, a pico y pala, hace casi 75 años construyeron los prisioneros paraguayos de la Guerra del Chaco. Se inicia con una serpentina pendiente que suma siete kilómetros.

La zona, Cotapata, se halla a casi 3.600 metros sobre el nivel del mar. El cansancio y el mal de altura hacen que algunos pidan ayuda. Los más quieren “atravesar toda la ruta sin fallar”, como se lo contaron sus amigos en Berna, Sydney, Tel Aviv o Roma.

A esas alturas el encanto parece ser derrotado por el esfuerzo. Hasta uno se pone a pensar en el destino de los tres dólares por ciclista de impuesto municipal. Pero entonces, la pendiente termina, aparecen curvas pronunciadas y una ruta más estrecha… Los guías refuerzan sus advertencias. “A partir de esta parte, no deben perder la huella derecha. Los precipicios son muy altos al otro lado. Nos protegen tres farallones de 40 metros. Quienes prefieran, pueden subirse a las vagonetas…”.

Con la implícita dosis de adrenalina, reparten nuevos botellones de agua mineral. Nuevamente de bajada. La velocidad aumenta con una cierta ansia del misterio que queda en el lado izquierdo, matizado de cuando en cuando por cruces y tumbas. Minutos después, un baño obligatorio sorprende a los visitantes en San Juan, el lugar donde todo lo ancho del camino es remojado desde siempre por una copiosa lluvia proveniente de la cascada que se precipita hacia los barrancos.

El grupo festeja el remojón. Metros más adelante, la frenada se mezcla con una bocanada de cálido aire tropical. El descenso huele intensamente ahora a helecho y suena cada vez más a trinos y cigarras. Veinte minutos más de viaje y de pronto se abre una terraza infinita hacia el trópico. De curva a curva se divisa en dimensiones minúsculas a los más adelantados. El nuevo hito lo marca “el mirador”.

Tras más de tres horas de viaje y 2.600 metros verticales de avance, la confianza vuelve. La ruta yungueña se ensancha, pero los antebrazos y varias articulaciones del cuerpo empiezan a acalambrarse. Se ingresa a los tramos de mayor velocidad. Dos paradas de seguridad y merienda fuerzan nuevos reagrupamientos del pelotón. En una de ellas se menciona la “Curva 25”. La llamaron así porque en ese giro un joven europeo se estrelló causándose una herida facial que precisó ese número de puntadas de sutura. Un guía añade que al ser trasladado a Coroico preguntaba: “¿Creen que me quede una cicatriz?”.

Pero el encanto de la ruta y la velocidad siguen en desborde. Surgen tres frenadas inesperadas antes del final: ríos que atraviesan el camino. Hay turistas que logran cruzarlos sin perder el pedal, otros quedan en el límite entre la natación y el ciclismo. El tercer chapuzón marca el festejo definitivo, muy cerca de Yolosa, a 1.200 metros sobre el nivel del mar.

Los viajeros celebran haber recorrido “la carretera de la muerte”, sembrada de cruces. Entre estas últimas destacan, en estos tiempos, una de color blanco, perteneciente a “la francesita” y otra oscura, correspondiente “al italiano”. Igualmente una estrella de David marca un sitio conocido. Allí un visitante israelí recibió el fúnebre abrazo de la dama de la guadaña, perfumada de jazmín, vestida de verde y cristal.