22 enero, 2007

De críticas, criticados y criticones

Nuestra sociedad y por ende nuestra idiosincrasia harían las delicias del visionario Alcides Arguedas si éste supiera que sus predicciones se han llevado a cabo 100 años después de haberlas publicado en su libro Pueblo enfermo. Las taras en el carácter de los bolivianos se reflejan y se acentúan. Y es al respecto, como un ejemplo, que la crítica y sus acepciones se han tergiversado para convertirse en una muestra de la pobreza de espíritu (o del derroche de ego) de muchos criticados y de algunos criticones.En nuestro limitado medio, la crítica no se acepta, venga de quien venga y como venga, y pocos son los llamados a admitir errores y recibir sugerencias sin que el ego personal nuble su visión. De esto sabe Rodrigo “Grillo” Villegas, afamado rockero nacional, que lleva la cuenta exacta de cada crítica que ha recibido en un récord vengativo que pregona querer saldar a golpes.O el director Marcos Loayza, quien en su tiempo y respecto de su película Escrito en el agua hiciera un equipo para contestar agriamente cada crítica a la película. Pero Loayza tiene un mérito: haber escuchado esas críticas y haberlas puesto en marcha para solucionar problemas que ha pulido con el tiempo. Su más reciente trabajo, El corazón de Jesús, es una muestra de ello.No hace mucho el ahora viceministro de Cultura, Fernando Cajías, “defendía” en su antigua columna de La Razón a su hija de una crítica al espectáculo de teatro que ésta ofreciera en el último Fitaz. En televisión las anécdotas son suculentas, como la que le sucedió hace unos años al periodista Franchesco Díaz, quien luego de haber escrito una crítica al programa Hip Hop de Perico Pérez fue prohibido de entrar a las instalaciones de ATB, o de la conductora Patricia Coca, del programa Agenda Femenina en canal 7, que reaccionó recientemente irónica y malhumorada cuando se le señaló que jirafa se escribe con jota y no con ge. O de Juan Pastén, que simplemente ha decidido ignorar las críticas, como si ellas estuvieran destinadas a hacerle daño y no a señalar errores que, por lo mismo, repite una y otra vez.Y por otro lado están los criticones, quienes muchas veces opinan sin tener conocimiento de la realidad: hablan de minibuses cuando jamás se han bajado del taxi... Y también están quienes cuidan mucho sus perfiles, oscilando, pero sin balancear, la crítica convertida en halago para no hacerse de problemas con quienes les pueden conseguir una “peguita” posterior.Es quizá por eso que los críticos de cine proliferan como hongos al momento de opinar sobre una realización internacional, (como sucedió con La pasión de Cristo de Mel Gibson) en la que incluso se evaluó la actuación, producción y dirección en extensas críticas que Gibson no leerá jamás, pero que desaparecen al momento de opinar acerca de las obras de los nacionales Paolo Agazzi, Jorge Sanjinés, Juan Carlos Valdivia o Marcos Loayza. ¿Dónde queda entonces el valor de un crítico, cualquiera sea el tema, que debe escoger entre ser víctima del odio personal del criticado o entre endulzar hasta el asco una crítica que ya no lo es por su falta de objetividad? Así, hay quienes se atreven a decir las cosas por su nombre y son condenados por ello, y quienes dicen, pero no dicen. Cien años no han servido para cambiar la mentalidad que considera una opinión contraria como una afrenta personal al “divino” talento. Y así nos va...